Es Jueves Santo, 28 de marzo de 2024, al filo de las 24:00 horas entre el Jueves y Viernes Santo. Han llegado las imágenes, cada una por una esquina, entre el Carrer de la Confraria de la Asunción y la Insigne Colegiata ha entrado el Cristo Yacente en la Crucifixión traída en hombros por miembros de la Legión; por la esquina que forman La Plaça Major con la calle Ausias March y el Carrer del Arcs, portada a hombros por las damas cofrades de la Dolorosa la bella Imagen de Nuestra Señora de los Dolores. Al momento que se ponen frente a frente el sacerdote dice su plegaria u oración o invocación. En este año, para concluir el año de sus Bsdas de Oro Sacerdotales, ha sido elegido para el acto el M. I. Señor Canónigo penitenciario de la Insigne Colegiata de Gandia, el Pbro. Dr. D. José Cascant Ribelles, que además es el Director espiritual y Consiliario de la Real e Ilustre Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores de Gandía. la siguiente oración dialogada entre Jesús el Cristo yacente en la Crucifixión y María dolorosa en la Pasión del Señor con estas palabras:
ALOCUCIÓN DE LAS ÚLTIMAS MIRADAS
I
— ¿Qué te pasa, Mujer, que me miras como si ya no fueras a verme más?
— Te miro porque me miras y porque eres mi Hijo te seguiré mirando, que en mirarte, Hijo mío, hallo el consuelo en mi alma.
II
— Un día me dijo el viejo Simeón —mil veces te lo he contado, con José de testigo a mi lado—, escuchaba la sentencia del anciano: que “una espada traspasaría mi alma” y ahora te miro y veo mi temor, que a ti te traspasaría la espada, Hijo mío, porque en ti está mi alma.
— No se desvía tu mirada, Mujer, ya lo veo y me conforta; con amargura subo, pues yo también te digo que sentirás el mismo dolor, mientras en este mundo vivas, mirarás a la humanidad y de todos serás Madre.
III
— Pero, Madre, no sufras tanto, aunque tu mirada me dice que quieres compartir mi dolor. Aparto mi mano izquierda, no porque me acobarde, sino porque no quisiera verte en tanto sufrimiento.
— Muchas veces, mi Jesús, te vi bendecir a pobres, a niños y necesitados, y ahora te miro y sé que no huyes, sino que te das para que tus brazos extendidos nos bendigan a todos. Tu mirada no es dolorosa, sino a causa de tantos pecados. Sálvalos, sálvalos…
IV
— Este es el momento cumbre. Deja, mi Jesús, que te mire, ya no soportaré con tu mirada el dolor que te infligen. Pero no es el momento de rendirse. Te miro para darte fuerza y acabes la obra buena de la salvación universal.
— El Padre te eligió, Madre, para ser la “mujer fuerte” que sabe mantener el timón en los momentos difíciles; mira mi rostro ensangrentado, siento tu amor, no solo eres mi Madre, eres la nueva Eva, pues me ayudaste siempre en el misterio salvador.
V
— Grande es la angustia, Jesús, oír tus gritos de dolor, tus suspiros reverberan en el silencio de mi alma cual cueva replegada de invisibles seres sufriendo por temor. Mírame, Hijo, que con tu mirada sufro de amor y te miro para decirte, «¡mi Hijo, mi Dios, te amo!».
— Mujer, sabes que de ti recibí las fuerzas humanas, mírame bien y entiende que “mi fortaleza quedará en ti”. Prepárate, Mujer, nada ha acabado, estamos ahora comenzando. Cuado me miras dolorido aquí yacente, yo te miro como Madre Dolorosa.
VI
— «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre». Descansa, Madre, no te dejo sola, tienes muchos hijos que te esperan, como me miras a mí, míralos a ellos: sufren, se apenan, tienen desengaños, les atormentan las preocupaciones y quehaceres de su vida; los que no tienen fe, no son malos…, Madre, míralos con esperanza, míralos como
me miras, con esos tus ojos misericordiosos.
— Si tú, Hijo mío, te has ofrecido en esa cruz, como te miro, los miraré, déjame mirarlos como tú los miras, con misericordia, con perdón y con alegría. Te prometo, Hijo mío, hacer con ellos lo que has hecho tú, amar y que se ayuden unos a otros a amarse.
VII
— Hijo mío, atiende mi petición, pues esta será la última vez que en este mundo podamos cruzarnos nuestras miradas. Te vas a tu Reino, a la Casa del Padre, no nos abandones nunca, no nos dejes solos, ayúdanos a ser cada día mejores que contigo encontraremos el Camino que nos conduce a la Gloria de Dios.
— ¡Tetélestai!. Se apena mi corazón ante los grandes sufrimientos que padecerá mi pueblo. Madre, sé el consuelo de ellos. Tú me has mirado siempre y de modo simultáneo de dos maneras: como Redentor y como Hijo. Ayuda a mis hermanos, ellos confiarán en ti como Madre lo que no saben cómo pedirle al Padre.
«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».
Amén.
Repertorio fotográfico de la Noche del Jueves Santo y la Madruga del Viernes Santo: