FIESTA DE LA PARROQUIA DE LA MARE DE DÉU DEL MIRACLE

Ayer domingo, 4 de marzo de 2012, se celebró la fiesta de la Parroquia de la Mare de Déu del Miracle y san Maximiliano María Kolbe. Hubo algunos contestanos presentes. Una muestra grafía en fotografías facilitadas por María Milagro Sempere Alós.

¡Ay, Obama, Obama! ¿Tienes vocación de Epífanes?


¡Ay, Obama, Obama! ¿Tienes vocación de Epífanes?


Siempre aparecen personas que les molesta que los demás sean como son, aún cuando a ellos no les afecte objetivamente el modo de ser de los demás. Si les afecta subjetivamente hasta el extremo de convertirse en locura, merecen ir al psiquiátrico para que el resto de los mortales vivan en paz, orden y libertad.
Pongamos un caso con el que todos podamos entendernos. «A mí me apetece escuchar música o la radio y ponerme ante el televisor con auriculares. Siempre ha sido así, y cuando me encuentro solo lo hago siempre. Últimamente, me veo ya fastidiado, porque mi vecino siempre me avisa que voy a estropearme los oídos, y golpea la puerta de mi vivienda para advertirme, en caso de que esté con mis auriculares, que me desprenda de ellos, porque dice que mis “descuidos” a él le ponen enfermo. Y esto ocurre a diario.»
Yo entiendo los desvelos de mi vecino por mi salud, pero no voy a hacerle caso, ya que su enfermedad actual es más grave que  mi futuro o posible mal; pero, además, es que no voy a seguir su impertinente consejo porque no me da la gana, simplemente porque no quiero, en aras de mi libertad. Porque entiendo que cuando mis acciones no afectan al prójimo ni en bien ni en mal, sobre todo cuando no dañan al prójimo, cuando le respetan, son acciones que pertenecen al dominio mío personal, son mis acciones, en mi mundo, en mi deseo, en mi libertad. Y no estoy dispuesto a consentir que mi vecino invada la esfera de mi libertad.

I
Me he puesto a reflexionar lo que viene a continuación tras la lectura de un párrafo de la Biblia; aquel que dice así:
«Atropellemos al justo que es pobre, no nos apiademos de la viuda ni respetemos las canas venerables del anciano; que sea nuestra fuerza la norma del derecho, pues lo débil, es claro, no sirve para nada. Acechemos al justo que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo del Señor; es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima; lleva una vida distinta de los demás, y su conducta es diferente; nos considera de mala ley y se aparta de nuestras sendas como si fueran impuras; declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener por padre a Dios.
Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.» (Sab 1, 10- 20).
Este texto del libro de la Sabiduría, escrito aproximadamente entre cincuenta y cien años antes de Cristo, es esclarecedor. La libertad, el auténtico sentido de libertad molesta a los tiranos, a los dictadores y a los malvados (“impíos”). Simplemente por un complejo de inferioridad. Al impío, porque esto es un tirano por muy disfrazado que vaya de demócrata, le molesta la bondad del justo. El justo es piadoso, procura cumplir las leyes morales y civiles, ejerce sus derechos y cumple con sus obligaciones, es moderado en sus acciones y las tareas que emprende están volcadas al bien común y particular al mismo tiempo. Eso molesta al impío, por eso pretende sacárselo de delante. Si se elimina el bien y las buenas obras dejan de realizarse, el mal y la maldad campan por sus fueros como si fueran el modo “normal” de actuación.
En los tiempos que corren hay un continuo movimiento que en crecida enfrentándose al bien, al bien en sí mismo y a las personas o grupos cuya moral se funda en el bien, tanto individual como común. Las personas que tienen convicciones firmes, conceptos claros son consideradas como “una lacra social” porque su conducta o su modo de pensar pone en evidencia la mala acción de los “impíos”, aunque los justos no los señalen, porque son señalados por el contraste de las obras de uno y otro. El justo sufre la injusticia por cumplir con la justicia, mientras el malvado (adviértase que no digo “el malo” o “el malévolo”) no suele tener norte ante la justicia, más bien para él la justicia es tan subjetiva como los intereses del momento, entonces la justicia no se encamina al bien en sí, sino al acuerdo social, generalmente de una parte de la sociedad y no de la totalidad de la misma. Este acuerdo social se convierte repentinamente en ley y consiguientemente adopta el rango de moralidad del que carece en sí misma, pero se impone con la apariencia de lo “que es bueno para nosotros”.
El pueblo común acepta estos procedimientos porque no tiene un norte de moralidad fijo, dejándose influenciar por los propagandistas de nuevas éticas; porque es más cómodo seguir comportamientos que no comprometan, ni son exigentes de cara a una moral personal; o porque tiene ideologías declaradamente contrarias al bien y a la virtud objetivas.
De esto ya hace unas décadas que venimos sufriendo en nuestra sociedad occidental, en la que se pone en duda la bondad de la ética tradicional, los fundamentos de nuestro ser occidentales y toda filosofía que establezca los fundamentos de una ética encamina al bien y a la virtud. Por ende, todo esto se disfraza de religión medieval, trasnochada, pasada de moda, “contraria a la libertad”, etc.; de manera que mientras los impíos exigen para ellos unas libertades que no son tales, ni son derechos, ni son objetivas, niegan a los justos la libertad de ejercer sus convicciones, tachándolos de enemigos de la sociedad, del progreso y de la libertad, entendiendo, claro está, que progreso y libertad son el caos moral que hoy domina en el mundo occidental.

II
Entrando en la materia concreta que me ocupa en el momento presente, me referiré al señor Obama, presidente de los Estados Unidos de América del Norte. En efecto, la ley, conocida como Affordable Care Act (Acta de cuidado de la salud asequible), requiere que los planes de seguro de salud para los empleados se incluyan los servicios preventivos sin costo adicional. Entre estos se incluye la planeación familiar y distribución de métodos anticonceptivos como condones y píldoras. Pues se pretende que esta ley obligue a todos, también a las instituciones religiosas, aunque en el credo moral de éstas se considere contrario a la ley de Dios, de manera que los hospitales, colegios, instituciones sociales y de caridad de la Iglesia, que tienen empleados, han de abonar en los seguros todos aquellos gastos que devengan de la esterilización, contraceptivos y aborto; poniéndose de esta manera en peligro el ejercicio de la libertad religiosa, ya que si se ven obligados a pagar aquello que directamente se opone a su fundamento moral, en lo que cree, la libertad religiosa, o mejor, la libertad ha muerto.
Podrá alguien decirme que se trata de un derecho de los trabajadores a que la salud les atienda en estas necesidades. No puede haber un derecho que vaya contra otro derecho; o pueden compaginarse o hay un derecho que no es tal. Lo que queda claro es que si la Institución cristiana de educación, hospitalaria o de acción social y caridad ha de pagar aquello que es contrario a su opción fundamental, acabará por ir eliminando aquellas instituciones que tienen empleados y no son rentables, como por ejemplo las de caridad, lo cual vendrá a convertirse en una nueva carga para los estados. Porque una cosa es clara, resulta inherente a la condición de la fe cristiana la caridad, pero no la asistencia social. La caridad es una virtud que en el Evangelio está mandada por Jesucristo para sus seguidores; sus seguidores vivirán la virtud personalmente en el ámbito de su entorno. La Iglesia siente desde la fe la necesidad de ayudar a las personas necesitadas sin condicionamientos, es decir, sin mirar raza, religión, estado social de los beneficiarios de su acción caritativo-social, pero los condicionamientos han de incluir la libertad del ejercicio de sus creencias, es decir, no se le puede imponer acción alguna que vaya contra su doctrina. El peligro es evidente, se mata la libertad y disminuye la acción caritativo-social, los colegios y universidades, los hospitales y los centros de formación se encarecen y se convierten en elitistas, justo todo lo contrario de lo que es misión de la Iglesia.
Podrá alguien decirme que a qué viene tanto aparato por parte de las autoridades eclesiásticas, los obispos, si resulta que la mayor parte de los católicos también usan los preservativos. Les diré que es necesario distinguir lo que se debe hacer de lo que se hace y de lo que se puede hacer. La Iglesia como institución ha de defender su doctrina, es ésa su misión. Los cristianos tienen que esforzarse en vivir la doctrina cristiana, pero a nadie se le condena si no puede vivirla y a nadie se le separa si no quiere vivirla. El que se niega por egoísmo a vivirla, él mismo se separa.
En cierta ocasión me decía un estudiante de Derecho delante de todos sus compañeros: “Si la Iglesia y el Papa y los Obispos insisten y se empeñan en no admitir los preservativos ni el aborto, ni el divorcio... se quedarán solos”. Le tuve que contestar que si se quedan la Iglesia y el Papa y los Obispos -y añado los sacerdotes y los religiosos y las religiosas y los laicos cumplidores- se quedan solos, pues ya no están tan solos. Además, si uno se quedara solo en la Iglesia por defender la doctrina incluso con su vida y todos se pusieran en contra no sería una novedad, porque la Iglesia se define como institución fundada por Aquel que se quedó solo frente a todos colgado en una cruz, Jesucristo.
Si, señores, no es Obama, ni las industrias farmacéuticas, ni los ideólogos de este laicismo que nos rodea los que nos dejan solos, son ellos los que se ponen en frente del Cristo crucificado, insultado, vituperado, escarnecido, separado por defender la vida, la honestidad, la virtud, la caridad. La Iglesia, en boca de Benedicto XVI, afirma que no impone su fe y su moral, los propone como un mensaje evangelizador, de buena noticia, mensaje de vida no de muerte, mensaje de afirmación no de negación. Pero también exige que no le impongan los mensajes laicizantes de estos tiempos que corren. Muchas veces la Iglesia ha sido perseguida por este mundo opuesto a Dios, muchas veces han pasado a la historia, algunos incluso en letra pequeña a pie de página o sin mención, pero la Iglesia sigue adelante. Obama pasará, no sé si va a tener un segundo mandato, pero la Iglesia seguirá adelante porque, sin ser de este mundo, sabe vivir en las vicisitudes de este mundo.

III
Quiero concluir, aún a pesar de que se me queden en el pupitre muchas letras por colocar en el escrito. Y lo voy a hacer con otro texto de la Escritura:
«En aquellos días, el rey Antíoco decretó la unidad nacional para todos los súbditos de su imperio, obligando a cada uno a abandonar su legislación particular. Todas les naciones acataron la orden del rey, e incluso muchos israelitas adoptaron la religión oficial: ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado.
El rey despachó correos a Jerusalén y a las ciudades de Judá, con órdenes escritas: tenían que adoptar la legislación extranjera, se prohibía ofrecer en el santuario holocaustos, sacrificios y libaciones, guardar los sábados y las fiestas; se mandaba contaminar el santuario y a los fieles, construyendo aras, templos y capillas idolátricas, sacrificando cerdos y animales inmundos; tenían que dejar incircuncisos a los niños y profanarse a sí mismos con toda clase de impurezas y abominaciones, de manera que olvidaran la ley y cambiaran todas las costumbres. El que no cumpliese la orden del rey tenía pena de muerte.
En estos términos escribió el rey a todos sus súbditos. Nombró inspectores para toda la nación, y mandó que en todas las ciudades de Judá, una tras otra, se ofreciesen sacrificios. Se les unió mucha gente, todos traidores a la ley, y cometieron tales tropelías en el país que los israelitas tuvieron que esconderse en cualquier refugio disponible.
El día quince del mes de Casleu del año ciento cuarenta y cinco, el rey mandó poner sobre el altar un ara sacrílega y fueron poniendo aras por todas las poblaciones judías del contorno; quemaban incienso ante las puertas de las casas y en las plazas; los libros de la ley que encontraban, los rasgaban y echaban al fuego, al que le encontraban en casa un libro de la alianza y al que vivía de acuerdo con la ley, lo ajusticiaban, según el decreto real.
Como tenían el poder, todos los meses hacían lo mismo a los israelitas que se encontraban en las ciudades. El veinticinco de cada mes sacrificaban sobre el ara pagana encima del altar de los holocaustos. A las madres que circuncidaban a sus hijos, las mataban, como ordenaba el edicto, con las criaturas colgadas al cuello; y mataban también a sus familiares y a los que habían circuncidado a los niños.
Pero hubo muchos israelitas que resistieron, haciendo el firme propósito de no comer alimentos impuros; prefirieron la muerte antes que contaminarse con aquellos alimentos y profanar la alianza santa. Y murieron. Una cólera terrible se abatió sobre Israel.» (1M 1, 41-64).
Este relato procede del primer libro de los Macabeos. Allí se narra lo que ocurrió a continuación: ejemplos de creyentes que daban gloria a Dios con el martirio al lado de otros que sucumbieron ante el miedo, hasta que los hermanos Macabeos levantaron una guerra para liberarse del tirano y consiguieron la libertad. Lo curioso es que estos libros judíos del final inmediatamente anterior a Jesucristo no forman parte del canon judío. Sin embargo, la Iglesia se ve reflejada en ellos como un anuncio de su propio ser. La Iglesia se encontrará siempre entre la aceptación de unos que en ella se apoyan y el odio de los que no la quieren ver ni en pintura. Pero ahí está y estará a lo largo de los siglos, sujeta siempre a ser conciencia y contraconciencia, la amiga y la perseguida. Pero resistirá, y de su seno surgirán profetas que mantendrán a lo largo de la “historia hominum” la voz de la verdadera humanidad, la humanidad con vocación universal, con miras elevadas, con la esperanza que no acaba más que en el reino de Dios.

IV
Santos y pecadores. Es el signo de los tiempos. Los cristianos se saben santos, es decir, llamados a la santidad, por eso siempre recuerdan sus pecados. Es curioso que los cristianos, particularmente los católicos sienten una llamada a ser santos, sin embargo comienzan su celebración paradigmática -la misa- reconociendo sus pecados. No es hipocresía, es vocación. Hace medio sigo -este mismo año, el 11 de octubre celebramos el cincuentenario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II- que hemos redescubierto nuestra vocación universal a la santidad. Todos sin excepción “en la Iglesia, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: «Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Ts 4, 3; cf. Ef 1, 4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles./ ... Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad [Cf. Pío XI, enc. Rerum omnium, 26 enero 1923: AAS 15 (1923)50 y 59-60: enc. Casti connubii, 31 dic. 1930: AAS 22 (1930) 548. Pío XII, const. apost. Provida Mater, 2 febr. 1947; AAS 39 (1947) 117; aloc. Annus sacer, 8 dic. 1950: AAS 43 (1951) 27-28; aloc. Nel darvi, 1 jul. 1956: AAS 48 (1956) 574s.], y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena.” (Vaticano II, Lumen Gentium, 39).
Es curioso y produce un fuerte contraste, los que se saben llamados a la santidad se consideran pecadores; sin embargo, los que se ríen de la santidad, igualmente se ríen del pecado. Los católicos tienen conciencia del pecado, de su pecado, de su lucha contra el pecado, de sus derrotas y victorias frente al pecado, de la realidad de la tentación para hacer aquello que no quieren “Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace sino el pecado que habita en mí. Así que descubro esta ley: que cuando quiero hacer el bien, me acompaña el mal. Porque en lo íntimo de mi ser me deleito en la ley de Dios; pero me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo hay otra ley, que es la ley del pecado. Esta ley lucha contra la ley de mi mente, y me tiene cautivo. (Cf. Rom 7, 18b-23).
Esta es nuestra conciencia. Por eso, los que buscamos la santidad tenemos a la entrada de nuestros templos o en un lugar privilegiado el confesionario, lugar que nos recuerda que no somos todavía santos, pero que estamos llamados a serlo. Por eso, no nos extraña que, aunque creemos en una fe y una conducta que debe corresponder a esa fe (la vida moral) andamos lejos de haberlo conseguido, pero no por ello hemos renunciado a esa fe y a esa moral.
Acabemos. Mal la tiene Obama si piensa que los cristianos, contando entre católicos, protestantes y ortodoxos, no practican la fe de sus Iglesias no la moral como consecuencia de su fe. Este es el error de los que ven a los cristianos como un sector social que se mueve por conductas sociales. No; ni los católicos, ni los demás cristianos se mueven simplemente por conductas sociales. Es más compleja su realidad. Los cristianos, algunos cristianos, puede que no tengan una adecuada conducta según su Iglesia, pero saben que la verdad se encuentra en la doctrina de su Iglesia. Eso parece ignorarlo el señor Obama. Un cristiano piensa así: “Señor Obama, déjeme a mí el preservativo, pero no moleste a mi Iglesia que no lo acepta, porque me gusta que mi Iglesia se mantenga fiel a la moral de su doctrina y la prefiero a los dictados de un Gobierno. Señor Obama, déjeme pecar, que yo ya sé que peco, pero sé también que tengo una Iglesia que un día me va a comprender; no pelee usted contra ella que tendrá en mí un enemigo”.
Los cristianos, aunque se conduzcan según sus debilidades, saben donde está la virtud y la desean, y quieren obtenerla para practicarla, de modo que si el señor Obama se enfrenta con la Iglesia, tendrá los cristianos al frente. Ellos se alinearán con la Iglesia que es más permanente que el señor Obama, el cual no pasará de ser un Epífanes más en nuestra historia. Los cristianos somos pecadores, sí; pero aspiramos a la virtud y queremos ser santos: en ello va nuestra vida. Por eso no renunciamos a ser cristianos, aunque nos cueste vivir como tales, más aún, aunque no estemos viviendo como tales. Aunque estemos apartados, muy apartados de ser un cristiano como Dios manda, pensamos en ser un día un hijo pródigo (Cf. Lc 15, 11-32) como el Evangelio enseña.

LA FACHADA DE LA BASÍLICA DE LA MARE DE DÉU DELS DESAMPARATS

Después de largo tiempo de exposición de muestras para pintar la Fachada de la Basílica de la Mare de Déu dels Desamparats de Valencia, se ha optado por los colores que le devuelven la cara original. Muchos han dado su opinión, a unos les gusta y a otros no, pero es lo que hay, y queda bien. Si esos son los colores originarios según se sabe, no es necesario cambiar, así está bien. De cualquier forma y color que se pinte siempre va a resultar discutible. Pero indiscutiblemente se ve limpia la cara de la Basílica.
Así ha quedado:




MARE DE DÉU AL CARBÓ


La imagen de la Mare de Déu del Miracle de Cocentaina, que ilustra la cabecera de este post no es un arreglo fotográfico, más bien un desarreglo, ya que está tomada con un iphone cualquiera. Corresponde a uno de los cuadros de la Mare de Déu que tengo en mi casa, en este preciso momento lo tengo en mi estudio, la tengo a mi espalda; pero al entrar al estudio la veo enseguida, luego me refleja en la pantalla de mi ordenador cuando está apagado y cuando lo tengo conectado miro a un espejo que tengo delante, donde yo no me veo por su colocación pero me da la imagen de la Mare de Déu.
No era de esto de lo que quería escribir, sino para indicar que es una reproducción hecha al carbón con extrema fidelidad. La obtuve en una tienda de Alcoy, hoy desaparecida por jubilación del dueño. Fue una especie de remate y aproveché la oportunidad. Me pareció que el marco valía más de lo que pagué y el regalo de tener esta reproducción que a toda guisa es original.
No sé quien es el autor, aunque tengo la firma en la base de la imagen, donde las estrellas, tras el título, reza de este tenor: Albaladejo 95. Supongo bien que es la firma y la fecha. El detalle que pongo a continuación indica con cuánto esmero está hecho. Nada más puedo decir.

MENSAJE DE S. S. BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2012



MENSAJE DE S. S. BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2012
«Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24). Miércoles de Ceniza: 22 de febrero de 2012
La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.
Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.
1. “FIJÉMONOS”: LA RESPONSABILIDAD PARA CON EL HERMANO.
El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).
La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.
El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein— es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecuan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.
2. “LOS UNOS EN LOS OTROS”: EL DON DE LA RECIPROCIDAD.
Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.
Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).
3. “PARA ESTÍMULO DE LA CARIDAD Y LAS BUENAS OBRAS”: CAMINAR JUNTOS EN LA SANTIDAD.
Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.
Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).
Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.
Benedictus Pp. XVI

ORACIÓN EN EL ACTO DE LAS ÚLTIMAS MIRADAS

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